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Causas inmediatas y estructurales de la tragedia en Ceuta

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Causas inmediatas y estructurales de la tragedia en Ceuta

Más de 100 víctimas mortales es el saldo que dejó la tragedia que tuvo lugar en Ceuta en esta última semana de julio de 2026. Entre ellas, Faten Ben Amar el-Azizi, jugadora del Magreb Atlético Tetuán. Y es importante nombrarla y ser muy conscientes de que cada una de esas personas tenía una historia detrás, porque la deshumanización de los otros habitualmente nos ciega ante la dimensión humana de una tragedia, pero también porque nos impide esclarecer las causas estructurales de la misma.

En primer lugar, la situación interna en Marruecos. Entre 2000 y 2024, la población marroquí creció un 43,7 %, mientras que la población laboral apenas aumentó un 20 %. Cuatro millones de jóvenes de entre 15 y 35 años carecen de salidas laborales o educativas, atrapados en un bloqueo vital que ayuda a explicar la desesperación de quienes intentaron llegar a Ceuta.

El crecimiento económico y las grandes infraestructuras construidas durante los últimos años conviven con el fracaso de las políticas laborales, educativas y sociales, visible también en el desarrollo de la movilización popular. Desde 2014, Marruecos ha vivido tres huelgas generales: en octubre de 2014, febrero de 2016 y febrero de 2025. Además de otras relacionadas con las desigualdades entre territorios como el Hirak del Rif (2016) y de numerosas protestas de sanitarios, profesores y otros sectores profesionales. Durante 2025, la llamada generación Z volvió a expresar ese malestar reclamando sanidad y educación públicas, empleo, derechos sociales y una vida digna.

Cuatro millones de jóvenes de entre 15 y 35 años carecen de salidas laborales o educativas, atrapados en un bloqueo vital que ayuda a explicar la desesperación de quienes intentaron llegar a Ceuta.

Frente a la movilización social, se ha producido un aumento de la represión. Las movilizaciones juveniles de 2025 fueron dispersadas mediante violencia policial, detenciones masivas y el uso de fuerza letal. Tres personas murieron por la actuación de las fuerzas de seguridad, decenas resultaron heridas y alrededor de 2.100 fueron arrestadas. Se abrieron procedimientos judiciales contra al menos 1.400 personas, entre ellas 330 menores.

En segundo lugar, la cuestión migratoria, convertida desde hace años en uno de los asuntos centrales del debate político y mediático. Paradójicamente, si realizamos la pregunta pertinente, la crisis de Ceuta ha demostrado hasta qué punto resulta falaz la imagen de una Europa desbordada e incapaz de controlar sus fronteras. Cuando se acusa a Marruecos de utilizar los movimientos migratorios para alcanzar sus propios objetivos, casi nadie se pregunta: ¿cómo ha adquirido el régimen marroquí esa capacidad?

La respuesta se encuentra en la política migratoria de la Unión Europea. La llamada Europa Fortaleza funciona mediante acuerdos con países periféricos como Marruecos, Turquía o Libia, a los que se encomienda una parte creciente del control fronterizo.

Estos acuerdos combinan la organización del traslado de los trabajadores que necesitan las economías europeas con la vigilancia, la contención y la represión previa de quienes intentan llegar fuera de las vías establecidas. Cuando se reprocha a Marruecos que no haya impedido la llegada a Ceuta, lo que realmente se lamenta es que no reprimiera antes a esas personas dentro de su propio territorio.

Control fronterizo

De hecho, los propios datos de la Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas (Frontex) desmienten el relato del colapso. En 2025, se registraron 178.000 detecciones de cruces irregulares, que ni siquiera corresponden necesariamente al mismo número de personas, mientras se concedieron alrededor de 1,1 millones de permisos laborales. La movilidad organizada por los Estados fue aproximadamente seis veces superior a las entradas irregulares detectadas. Las fronteras europeas funcionan, seleccionan y distribuyen la movilidad de acuerdo con las necesidades económicas y políticas del continente.

Y este filtro no es casual. Europa, por cuestiones laborales y demográficas, necesita mano de obra. Sin embargo, establece mecanismos que restringen de manera efectiva los derechos laborales, civiles y políticos de estos trabajadores. Por eso la cuestión migratoria, lejos de determinados relatos interesados, nunca se trató de un asunto de control fronterizo, sino de derechos laborales.

Las fronteras europeas funcionan, seleccionan y distribuyen la movilidad de acuerdo con las necesidades económicas y políticas del continente.

La imagen de un colapso permanente encubre, por tanto, el carácter selectivo del control fronterizo. Presentar a Europa como un territorio inerme ante una llegada supuestamente incontrolable permite justificar la desigualdad de derechos, la irregularidad forzada y la externalización de la violencia. Esa propaganda contribuye a reproducir un mercado laboral dividido entre trabajadores con distintos grados de protección, residencia y capacidad para defenderse. Manteniendo a una parte de la clase trabajadora europea, formada por millones de trabajadores migrantes, bajo condiciones extremas de vulnerabilidad jurídica, laboral y social, facilitando los abusos y debilitando la capacidad de organización colectiva.

La contradicción es evidente. Se acusa al régimen marroquí, con razón, de vulnerar los derechos humanos y, cuando se produce una llegada masiva, se le reprocha que no haya ejercido con suficiente eficacia esa misma violencia.

En ese sentido, no podemos separar lo que ha ocurrido en Ceuta de una desigualdad estructural más amplia, determinada por un centro que acumula la riqueza y una periferia expoliada, tanto en sentido material como político. 

Las fronteras europeas no están descontroladas. Lo que existe es una administración de los flujos migratorios de acuerdo con las necesidades económicas y políticas de los Estados europeos. La frontera no es simplemente un muro que impide entrar. Es también un mecanismo que clasifica, selecciona y distribuye de manera desigual derechos y posibilidades de vida, reproduciendo ese mismo esquema estructural.

No podemos separar lo que ha ocurrido en Ceuta de una desigualdad estructural más amplia, determinada por un centro que acumula la riqueza y una periferia expoliada, tanto en sentido material como político.

En el estrecho de Gibraltar, esta política migratoria se entrelaza con una cuestión geoestratégica mucho más amplia. Allí se encuentran África y Europa a través de una distancia mínima, al mismo tiempo que se conectan el Mediterráneo y el Atlántico. Desde una orilla puede verse la otra, pero entre ambas se concentra una de las mayores desigualdades territoriales del planeta.

También se trata de un espacio fuertemente militarizado. Ceuta y Melilla permanecen bajo soberanía española, Gibraltar bajo dominación británica y la base de Rota es utilizada por EE.UU.. Aunque muchas veces se presenta el estrecho como escenario de una pugna entre posiciones antagónicas, lo cierto es que se encuentra controlado por la OTAN y por sus aliados, entre los que también se encuentra el régimen marroquí.

Porque Marruecos no ha dejado nunca de ser un protectorado, aunque formalmente obtuviera una independencia pactada en 1956. El nuevo Estado se articuló alrededor de la monarquía y del Makhzen, una red formada por la Casa Real, las grandes familias, las élites económicas, los aparatos administrativos y de seguridad herederos de la etapa del protectorado.

El Marruecos contemporáneo se construyó, por tanto, alrededor de una doble función. En el interior debía contener las contradicciones sociales y reprimir los movimientos que cuestionaran el poder de la monarquía y del Makhzen. En el exterior debía actuar como aliado de las potencias occidentales. La expresión más brutal de la primera fueron los años de plomo durante el reinado de Hasan II (1961-1999); la segunda sigue siendo visible en la ocupación del Sáhara, en la cooperación migratoria con la Unión Europea y en la relación con Israel, con EE.UU., pero también, con España. Una relación esta última, que daría para un análisis propio bastante extenso.

Marruecos no representa un bloque enemigo enfrentado a Occidente. Cumple una función subordinada dentro del mismo dispositivo de dominación regional que sostiene la estructura desigual centro-periferia.

Todavía no sabemos cuál fue el motor inmediato fundamental de esta crisis y puede que nunca los sepamos. A raíz de una sentencia del Tribunal Supremo contra las devoluciones en caliente, sectores de la extrema derecha española difundieron que las fronteras estaban abiertas, un mensaje que llegó a la población marroquí. Es decir, uno de los elementos que pudo intervenir fue un bulo, puede que incluso de carácter involuntario. Al mismo tiempo, Marruecos no activó el freno represivo que utiliza habitualmente para impedir que las personas se aproximen a la frontera europea. A ello se sumó la desesperación de miles de jóvenes dentro de una profunda crisis social. Así, pudieron alinearse el rumor de que la frontera estaba abierta, los intereses coyunturales del Estado marroquí y la falta de expectativas de una parte considerable de la juventud.

Pero, ante una tragedia humanitaria de estas dimensiones conviene ser cautelosos al establecer las causas inmediatas, sobre todo cuando no contamos con toda la información. Lo que sí conocemos, y es necesario denunciar, son las causas estructurales. La desigualdad social y territorial dentro de Marruecos, la concentración de la riqueza, la represión del régimen, el expolio histórico de la periferia, la demanda europea de mano de obra sin igualdad de derechos, la externalización de las fronteras, la militarización del estrecho y el papel desempeñado por Marruecos dentro del sistema de dominación occidental.

La tragedia de Ceuta no puede explicarse únicamente como una avalancha repentina, una frontera desbordada o una maniobra puntual del régimen marroquí. Es la expresión concreta de un sistema internacional desigual que desplaza a las poblaciones, selecciona a los trabajadores, externaliza la represión y convierte las fronteras en espacios donde unas vidas son consideradas necesarias, y otras, sencillamente, desechables.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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